Al vallenato y mi acordeón de tres botones

Foto tomada de: http://phillpappas.com/tag/valledupar/ un post con muy buen contenido de Colombia.

El vallenato es la historia de un país que grita “¡wepa je!” cuando celebra y lanza un quejido de “¡Ay hombe!” cuando llora.


Veinte mil pesos valía el acordeón de juguete que me obsequió mi mamá en un mes de diciembre. Tenía tres botoncitos de plástico en el agarre izquierdo y unas teclas de lata pintadas de color dorado en el derecho. Eran los tiempos del gran compositor Alejo Durán. Pero no del original, sino del que salía en una novela del canal Caracol, protagonizada por Moisés Angulo. Junto a mi hermana me sentaba en las noches a ver como el gran Alejo enfrentaba al diablo con un verso vallenato, le cantaba a una amante que se había ido lejos en el bus ‘039’ y se metía en líos amorosos con hijas de importantes hacendados.

Por ese entonces, llegó a mi casa un familiar lejano. No recuerdo su nombre ni su cara. Pero sí sus manos rugosas y su piel negra. Ese personaje que ahora no evoca ninguna imagen concreta, me produjo en el momento una enorme fascinación. Era acordeonero. Cuando lo supe quise saberlo todo sobre él y su acordeón. Me contó que tenía uno de los grandes, de muchos botones y me dijo que algún día podía enseñarme.

Pero yo era impaciente y le llevé mi pequeño acordeón de tres botones y siete teclas. “¿Se puede tocar?”, le pregunté. No solo asintió, sino que me preguntó qué canción me quería aprender. “¡La de Alejo!”, no dudé en responder. Nos sentamos en el comedor y vi como sus manos grandes empezaron a sacar de él las mismas notas que había escuchado en la novela. No me cabía la alegría.

Mis dedos de niño no habían podido sacar de ese instrumento más que chillidos desesperados. Pero al escuchar salir de él las agudas melodías, dejó de ser un juguete olvidado, para convertirse en mi objeto favorito. Aprendí dos estrofas y me sentí orgulloso de abrazarlo y repetirlas frente a todos.

Sin embargo, la niñez pasó y los sueños de un festival de acordeones se diluyeron entre las repetidas estrofas de “La cachucha bacana”. Me apunté a piano y aprendí un simple pasaje de la quinta sinfonía.  Soplé la flauta y alcancé a tocar el himno nacional en un acto escolar. Compartí tardes de guitarra y esbocé los arpegios de un rock ochentero.

Siempre he sido de acordes a medias. Lo mío no son los instrumentos. Pero si llegué a ser feliz con alguno, fue con mi pequeño acordeón de tres botones. Porque a través de él conocí el sentimiento vallenato y me enamoré de esos coros míticos que hacen leyenda de lo cotidiano.

Es cierto que siendo paisa tendría que escribirle a la trova. Pero esa invención ostentosa, aunque divertida, solo es capaz de salir del paso. El vallenato, en cambio, es más contemplativo y diverso. Por eso, ha podido con todos los sentimientos, todos los paisajes y todos los hombres.

Pudo con el arrepentimiento de Juancho Polo Valencia, cuando lloró la muerte de su Alicia Adorada, la mujer que dejó para irse de parranda y que tuvo que ver sin vida tras un triste regreso en mula a su pueblo, Flores de María.

Pudo, también, con la soberbia de Emiliano Zuleta, el juglar que  en 1936 reclamó para sí el trono de mejor acordeonero. Lo hizo humillando a su rival Lorenzo Morales, quien será recordado en la historia colombiana como Moralito: el que sudó La Gota Fría y que se fue de mañanita de una parranda vallenata al ver el talento de su contendor.

Pudo con el cacique Diomedes y con sus excesos. Pero también con esa sabiduría indígena de las canciones donde profesaba que era mejor ser zapatero que mal doctor, que hay que saberse retirar como un cóndor herido y que la plata hay que gastarla porque después de muerto no sirve para nada.

Esas crónicas cantadas han retratado en melodías la Sierra Nevada de Santa Marta, el desierto de la Guajira, y el claro caudal del río Guatapurí. Y han contagiado con aires folclóricos del norte a las montañas antioqueñas y el altiplano cundiboyacense. Pero en ellas también hay lugar para las peores vergüenzas. Matanzas y contrabando. Dedicatorias a paramilitares, guerrilleros y alcaldes corruptos.

Hay quienes lo definen como una vulgar interpretación musical repetida por empleadas del servicio y obreros. Pero el vallenato es la historia de un país que grita “¡wepa je!” cuando celebra y lanza un quejido de “¡Ay hombe!” cuando llora.

Le escribo porque no sé interpretarlo. Porque tengo que devolverle el jolgorio de tantas parrandas con amigos, el consuelo de mis tristezas y la compañía de esa mujer que canta y baila conmigo. Porque cuando toqué los tres botones y siete teclas de mi pequeño acordeón de juguete sentí una alegría que no se me quita y que revive cada vez que escucho sus versos… los de un pueblo que deja en sus sones el cuerpo, el sudor y la garganta.

@rincondesantos

Jorge Santos

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4 comentarios en “Al vallenato y mi acordeón de tres botones

  1. Que identidad tan preciosa la que emana de sus letras, son de esos arraigos a su tierra los que lo hacen grande. Hermosisimo texto y como usted, aunque yo no sea colombiano (guatemalteco), comparto el gusto por el siempre bien habido y hermoso vallenato.

    • ¡Hola Víctor! Me alegra mucho que este folclore cruce fronteras y que genere ese mismo sentimiento en varias personas. Es el poder de la música para hacernos sentir de un mismo lugar. Gracias por comentar.

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